Luis Enrique permaneció inmóvil como un actor del Kabuki. Las cejas arqueadas, la frente surcada por pliegues de asombro, las comisuras de los labios contraídas. Miró a la audiencia como si mirase al vacío metafísico. No le faltaba ni un gesto de perplejidad. Pasaron los segundos, interminables. El silencio se hizo incómodo. Acababan de preguntarle si había oído que Mbappé le había insultado con la popular expresión francesa au putain (a la puta, preposición y adjetivo de amplísimas posibilidades semánticas) cuando le había sustituido por Gonçalo Ramos en el minuto 65 del partido que enfrentó este domingo al Olympique de Marsella contra el PSG en el Velódromo. Un clásico prácticamente irrelevante en la lucha por el título, dada la ventaja de 12 puntos que atesora el equipo de París sobre el segundo clasificado, el sorprendente Stade Brestois. Un partido más en la tediosa temporada del fútbol francés, si no fuera por el conflicto esotérico que alimentan Luis Enrique y el futbolista más mediático y más rico de Europa.

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