No será fácil mirar a Messi y reconocer al futbolista por la camiseta rosa del Inter de Miami, ya despojado de la azulgrana y desvestido también de la albiceleste después de su despedida en el Monumental. El triunfal adiós en el estadio de River nada tuvo que ver con aquella dolorosa partida del Barça que le llevó a la fuerza hasta el PSG. La vida del jugador ha discurrido por Barcelona y Argentina como dos líneas paralelas, que por mucho que se prolonguen nunca se encuentran, como si fueran antagónicas, incapaces de compartir el éxito, difíciles de entender incluso para la familia, partida entre Rosario y Barcelona desde el año 2000.

