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¿Qué hacemos ahora con el bufón de la Champions?, se preguntaba este martes Xavi Hernández. Caía la medianoche y el Barça acababa de ganarle al Nápoles. Con un derroche de fútbol del bueno, la sensación de peligro continuamente en el área contraria, un juego vertical y rápido, con transiciones vertiginosas. Un Barça inédito esta temporada, para qué engañarnos. Para goce y disfrute de Montjuic, que al fin fue caldera. Un Barça renacido, cuyo equipo celebró el triunfo y el pase a cuartos de final con la alegría entendible del que ve escaparse la temporada, sufre cada gota que suda en el campo y digiere la presión de ser deportista de élite como puede. Un Barça liderado por un entrenador que presentó su dimisión en diferido hace más de un mes y que aguanta el tipo lo mejor que puede (algunos días mejor que otros) mientras llega el verano.

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