Tenía 18 años. Salía por los pubs del pueblo con sus amigas del cole, cantaba de principio a fin todas las canciones del momento y todos los clásicos del rock-pop español de los 80. Bailaba y bebía. Como todo su círculo de amigas. Una noche, al entrar al pub de siempre, que estaba a rebosar (como siempre), cuando se abría paso entre la marabunta, un tío le acarició el culo. Sin más. Al darse media vuelta, ahí estaba: mirándola. No lo había visto en su vida. Ella le dio un guantazo. Se volvió a girar y apuró a sus amigas para que alcanzaran el fondo del local, la zona de baile, más ancha, más espacio para reaccionar, pensó. Estaba un poco acojonada.

Seguir leyendo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *