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La relación del hincha de fútbol con su equipo va evolucionando con el paso del tiempo. La persona que inicia una relación con un escudo no será la misma diez, treinta o cincuenta años después. Llegará, seguramente, por herencia familiar o por accidente -los caminos del amor a un equipo son inescrutables-. A medida que avance el tiempo, irá creando su propia historia con la camiseta, con el estadio y con el resto de personas que comparten su pasión. Se irá impregnando del alma de la entidad a la que apoya. Llegará un punto en el que conocerá hasta el último resquicio. Y, al igual que cuando se intenta explicar a alguien recién llegado al fútbol la regla del fuera de juego, difícilmente podrá poner el amor por su equipo y el grado de conocimiento del mismo en palabras que suenen claras para un interlocutor ajeno a todo ello. Es una relación tan honda y tan inconsciente que resulta difícil de explicar. Hacerse de un equipo no suele ser una decisión racional -se toma, mayoritariamente, durante la infancia-. Aunque a veces una decisión racional, tomada ya en la cincuentena, puede llevar a explicar un club.