Larissa Iachipino, la italiana que ya se ha asomado a los siete metros (6,97m) con solo 21 años, se metió de un salto en la final de longitud. Como la portuguesa Agate de Sousa. Y como la alemana Malaika Mihambo, campeona, olímpica, mundial y europea, la que lo logró con más suficiencia, un vuelo relajado hasta los 7,03 metros a pesar de tener viento en contra (-1.3m/s), la mejor marca europea del año y la segunda del mundo. El camino de Fátima Diame, en cambio, fue más complejo y durante unos minutos estuvo fuera de la final. A falta de una ronda había hecho dos saltos (el mejor de 6,50m) que no le valían. Iván Pedroso, su entrenador, que es también el de Ana Peleteiro o Yulimar Rojas, se puso a su espalda y le dijo que tenía que saltar 6,70m, la marca que clasificaba directamente para la final sin tener que esperar a ver si estaba entre las doce mejores. La valenciana lo resolvió en el último salto con una precisión escalofriante: 6,70m. Salió del foso, respiró y fue a abrazarse aliviada a Pedroso. Esta situación límite no es la primera de su carrera deportiva. Ha tenido otras. La antigua Fátima Diame, la que se había estancado en Valencia antes de romper con todo para desafiarse en Guadalajara con el mejor grupo de saltadores del mundo, solía desmoronarse ahí. Ahora no. Ahora es una de las mejores y se crece para seguir entre ellas, tuteándolas. Hace tres meses, en marzo, logró su primera medalla importante, el bronce en el Mundial de Glasgow bajo techo y eso la ha reafirmado en su convicción de que puede frecuentar el podio de los grandes campeonatos, en pensar que algún día superará los siete metros.

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