Saltar al contenido

El despido de Xavi está más que justificado. Igual que el cabreo de Joan Laporta cuando escuchó a su entrenador admitir, después de haberse puestos ciegos de sushi y decir lo contrario, que no podrían competir con sus grandes rivales: ni en España con el Madrid, ni en Europa, con un sinfín de equipos con mayores recursos. Es normal que le hayan echado, porque Xavi se cargó de un plumazo la ilusión, o sea, lo único que todavía tiene sentido en el fútbol. La ilusión entendida como ese amasijo de emociones optimistas, pero también como el espejismo de la realidad. Nuestros sueños aspiracionales. El truco que nunca habríamos querido verle al mago y lo único que nos permitía esquivar el gran desencanto.

En la misma calle · Fútbol

Toda la calle Fútbol