Miguel Morrás tenía 18 años cuando descubrió que se puede llegar demasiado pronto a todas partes. Había dejado el fútbol, había descubierto la bicicleta, y ya vestía el maillot arcoíris. En Quito, en 1994, se escapó durante 42 kilómetros para ganar el Mundial júnior, con un ataque ‘a lo Remco’ cuyos detalles aún perduran vivos en su memoria. Detrás quedó el pelotón, deshecho; delante, de golpe, apareció una vida que todos parecían tener ya escrita para él.

