Cuando Gil Landim Gomes se colocó en la rampa de salida del Mundial de Montreal, el ciclismo moderno pareció detenerse unos segundos. A su alrededor había bicicletas concebidas en túneles del viento, cascos capaces de arañar décimas y corredores rodeados durante meses por ingenieros, biomecánicos y técnicos obsesionados con vencer al aire. Gil llevaba una bicicleta convencional, un casco normal y unas gafas que parecían llegadas desde otro tiempo. Internet hizo el resto. Su imagen empezó a viajar por las redes antes incluso de que muchos aprendieran su nombre. Algunos sonrieron. Otros celebraron su valentía. Hubo quien se fijó en el material, quien hizo bromas y quien se preguntó cómo podía alguien presentarse así en un Campeonato del Mundo. Casi nadie sabía que, para entender aquella fotografía, había que retroceder muchos años y viajar muy lejos de Montreal.
La jornada · sábado, 26 de septiembre de 2026
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