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En aquella pregunta —y en la respuesta— estaba el destino de varias vidas. “¿Quién sabe boxear?”, preguntó un soldado nazi al grupo de personas que acababa de llegar a Auschwitz. La cuestión flotó en el aire durante algunos segundos, insertada entre gritos, órdenes y falsas promesas. Rodeada de seres humanos extremadamente delgados, con los ojos hundidos. Los recién llegados no lo saben, pero pisan sobre cenizas.