Es un tenista que, lesionado desde el inicio del segundo set, gravita sobre una sola pierna, expuesto, teóricamente, a un destino irremediable: el de la derrota, el del adiós y el de la pérdida del número uno. Toda la desgracia unida. Todo está en contra de Novak Djokovic, malhumorado el serbio y con un pie y medio (si no más) fuera del torneo, salvo esa esquirla de fe a la que una y mil veces se ha agarrado el para sortear los abismos y llegar allí donde ningún otro ha llegado. Todo apunta contra él, dolorido y con un larguísimo infierno por delante, casi cuatro horas de penuria en las que pelea contra la fuerza de la lógica, contra lo racional, contra una circunstancia límite. Todo le aboca hacia la caída, pero lo del balcánico tiene mucho de increíble y al final encuentra la llave del candado: 6-1, 5-7, 3-6, 7-5 y 6-3, después de 4h 39m. Su rival, Francisco Cerúndolo, agacha la cabeza y no se lo cree. El público de la Philippe Chatrier se pellizca, por si fuera un sueño.

Seguir leyendo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *