Cuando el 30 de agosto pasado Peres Jepchirchir consiguió su cuarto major (tras Nueva York 21, Boston 22 y Londres 24) al imponerse en el maratón de Sidney, todo el mundo del atletismo la reconoció como la más grande de la década. En tiempos de incertidumbre sobre el tremendo alcance del dopaje en Kenia y Etiopía, Peres Jepchirchir, de 33 años, era un valor seguro. Campeona olímpica en Tokio 21 (maratón disputado en Sapporo), campeona mundial en Tokio 25, explusmarquista mundial de maratón corrido solo por mujeres y de media maratón, y novena mejor marca de la historia con 2h 14m 43s conseguidos en Valencia el pasado diciembre, la atleta keniana era una en quien creer. Por eso el anuncio de la Unidad de Integridad del Atletismo (AIU) resultó tan helador. En un control antidopaje efectuado justamente antes de la prueba veraniega de Sidney, Jepchirchir, kalenji de Turbo, en el valle del Rift, como los más grandes fondistas de la historia, menuda e incansable, había dado positivo por EPO, el método de dopaje más detectable quizás.

