Montreal tiene una manera cruel de medir a los ciclistas. Les enseña la misma cuesta una vez, luego otra y después tantas como hagan falta hasta que dejan de reconocerla. El Mont-Royal no necesita una subida interminable para decidir una carrera como un Mundial: le basta con repetir sus rampas, vuelta tras vuelta, y esperar a que las piernas empiecen a romperse. Al final de aquella sucesión de esfuerzos esperaba Brandon McNulty, el hombre que se llevó el arcoíris.

