La travesía por el desierto del ciclismo español ha llegado a su fin. Se acabó la búsqueda del nuevo sustituto, la presión a los chavales de 20 años y, también, los palos a las diferentes intentonas frustradas que medianos, buenos y brillantes ciclistas patrios han planteado en los últimos tiempos. Ha llegado la hora de volver a sonreír.

