Un sentimiento de compasión recorre los pasillos del edificio de Säbener Strasse, la sede del Bayern Múnich, desde el despacho del presidente Oliver Kahn a la secretaría técnica pasando por vestuario, en donde Manuel Neuer y Thomas Müller, sus mejores amigos, comentan con los fisioterapeutas y asistentes técnicos las conversaciones que mantienen con el goleador que se fue al Barcelona. “Robert no merece jugar la Europa League”, dicen, apenados, por el destino que parece condenar al viejo camarada tras una fase de grupos que amenaza con despeñar al Barça fuera de la Champions, a la Europa League por segundo año consecutivo.

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