Hace unos años escribí un texto en torno a la obra del pintor vasco Alfonso Gortázar en el que me preguntaba cuáles eran las razones que llevaban a un pintor a tomar una decisión u otra en el proceso de creación de una obra. Argumentaba entonces que uno de los problemas para comprender el valor actual de la pintura era que esta había sucumbido al discurso y que, en general, cuando un pintor revisaba su propio trabajo en catálogos, entrevistas o textos, tendía a justificarlo recurriendo a conceptos que son ajenos a lo que acontece en el lienzo. Mi tesis no era que el discurso en torno a la pintura fuera necesariamente falso, sino que no pertenecía al mismo orden de pensamiento. Titulé el texto Las razones del pintor. Siempre he sido cobarde poniendo títulos. Debí llamarlo Crítica de la razón pictórica.

