En su retorno a La Vuelta, Pogacar conquistó la primera etapa de montaña, en Andorra, enviando el último y definitivo mensaje a sus rivales. Alcanzó sus límites habituales con esa maestría para el ataque lejano, exhibiendo una superioridad aplastante. Ocurre a veces que, a fuerza de contemplar lo extraordinario a diario, termina pareciendo rutina, cuando lo que para Pogacar es cotidiano, para el resto de los mortales —sin importar la época o el tiempo vivido— resulta un imposible. En el Principado pirenaico, machacó como de costumbre, dejó sentenciada la general y llamó a la puerta de esa sala reservada a los ocho colosos que han conquistado la triple corona.

