Llegar a la pequeña y coqueta Zandvoort desde Ámsterdam o alguna localidad cercana de los Países Bajos es relativamente sencillo, tanto en un vehículo particular, que navega en el mar de bicicletas holandesas camino del trabajo o del colegio, como en los trenes del país. Pero en los últimos días del verano se vuelve en un casi imposible. Porque la marea naranja traga a todo y todos, grita a su héroe Max Verstappen y aterriza en el bautizado como Gran Premio de la felicidad. Uno que se despide del calendario de la Fórmula 1 con la carrera de 2026. Y el que, curiosamente, nadie quiso que corriese ese final.

