Todos dudaban de Frenkie de Jong. Al cuerpo técnico liderado por Xavi Hernández le gustaba, pero no le convencía. “Es un jugador de nueve o 10 puntos para un determinado sistema, pero en el juego posicional es un siete u ocho. Tiene que crecer”, subrayaban. Tampoco el presidente Joan Laporta lo tenía demasiado claro. “A Jan le encanta Frenkie”, argumentaban desde la Ciudad Deportiva. Sin embargo, aunque el máximo directivo azulgrana aseguraba públicamente que el neerlandés no estaba en el mercado —”No está a la venta”, dijo el pasado julio—, lo cierto es que el club azulgrana presionaba al volante para que se marchara. “La presión para que me fuera llegó de todos lados: el presidente, la prensa…”, explicó De Jong. En el vestuario nadie dio la cara por Frenkie y hasta algunos le recriminaban su buena relación con Ronald Koeman. Pero, entre tanta duda, había dos partes en esta historia que no titubeaban. La dirección deportiva estaba dispuesta a limpiar a De Jong, mientras que el neerlandés no quería saber nada de dejar el Camp Nou. “Yo estaba tranquilo. Decidí en mayo que quería quedarme”, resolvió el futbolista. El pulso, por ahora, lo gana el volante. O, al menos, lo empieza a ganar, sobre todo después de su partido ante el Villarreal.

Seguir leyendo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *