«¡Nos han hecho trampas!». Míchel Salgado acababa de terminar el torneo y todavía seguía protestando. Lo decía entre risas, pero sin ocultar ese punto de indignación que acompaña a quien nunca ha sabido perder ni siquiera cuando aparentemente no hay nada importante en juego. La queja resumía perfectamente lo que había ocurrido durante unas horas en pleno Rockefeller Center. Aquello estaba anunciado como un torneo de leyendas, un espectáculo organizado en el corazón de Manhattan para calentar el ambiente a un día de la final del Mundial. Sobre el papel, una exhibición. En cuanto comenzó a rodar el balón, dejó de serlo.

