Durante todo el día, el aire parecía atravesado por una leve electricidad. Los argentinos seguían con sus actividades cotidianas, pero con la ansiedad del que sabe que el mundo pronto se detendrá. Y se detuvo abruptamente, a las 16 hora local, cuando a miles de kilómetros, en Atlanta, Estados Unidos, comenzaba un partido de fútbol. El silencio fue atronador durante casi dos horas, interrumpido por dos alaridos de euforia popular. Desde el momento en que el árbitro pitó el final y el capitán de la selección, Lionel Messi, cayó de rodillas sobre el campo de juego, el ruido cruzó toda Argentina, de norte a sur: gritos de alegría y desahogo, bocinas de autos, cantos, bombos y trompetas marcaron el compás de los festejos de todo un país. El equipo albiceleste, el actual campeón, jugará una nueva final de la Copa Mundial tras derrotar a la selección de Inglaterra, un rival que, para los argentinos, es mucho más que un adversario deportivo.

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