Hay corredores que necesitan perderlo todo para encontrarse. Tom Pidcock es uno de ellos. Llegó a este Tour con el podio de la Vuelta a España todavía reciente, dispuesto a comprobar si su cuerpo aguantaba tres semanas peleando arriba. Nueve etapas más tarde, la general dejó de importarle. Y ahí empezó lo bueno.

