El Mundial de 2026 no solo se mide en goles, victorias y noches eternas. También es gloria para unos y ruina para otros. Mientras unos levantan los brazos y siguen soñando con la copa, otros abandonan el césped sabiendo que detrás del último pitido les espera algo más duro que una derrota: el juicio de un país, el derrumbe de un proyecto y la sensación de que todo aquello que parecía firme puede desaparecer en cuestión de horas. En el mayor escenario del fútbol no existe lugar para esconderse. Cada decisión pesa, cada error se multiplica y cada eliminación deja heridas que tardan mucho más en cerrarse que los noventa minutos de un partido.

