Entre power points, presentaciones en pantallas, análisis de excels, consultas a las IA que inventan la historia al gusto de quienes las solicitan, directores con anteojeras al volante, y caprichos, nadie del Tour recuerda a los viejos en Hagetmau, entre las Landas de Darrigade y el Armagnac de Ocaña, a tiro de piedra de Mont de Marsan donde acogedor Cescutti asilaba refugiados. Una plaza de toros —la puerta llamada Joselito, justo detrás del podio de firmas— y ni siquiera una referencia a Indurain, quien como Pogacar dejaba sonado al Tour con una exhibición, y a los rivales buscando recompensas en otros objetivos menores, etapas, podios, lunares, lo que sea, quedaran una dos o tres semanas de carrera, y aún solo se ha pasado un aperitivo con un Madiran ligerito y queda la grande bouffe de los grandes platos alpinos, tan indigestas sus salsas, tanta grasa.

