Cada cuatro años el Mundial se disfraza de fiesta de banderas. Un país frente a otro, un himno tapando al de al lado, una camiseta que se supone resumen de toda una identidad. Y sin embargo basta detenerse un poco en las listas de convocados, leerlas despacio, para descubrir que el fútbol de selecciones lleva tiempo desbordando cualquier frontera dibujada en un mapa. Hay futbolistas que nacieron en un país y defienden otro. Hijos de familias que un día hicieron las maletas y crecieron repartidos entre dos culturas. Chavales formados en academias europeas que hoy visten los colores de selecciones africanas. Estrellas que pudieron elegir entre varios escudos antes de quedarse con uno.

