Crecimos con el mito del ogro feroz: aquel belga llamado Eddy Merckx capaz de ganarlo todo. El de las 525 victorias. El del dominio despiadado que sojuzgaba a sus rivales en llano, montaña, al sprint o en contrarreloj. El Caníbal. El hombre de los cinco Tours, los cinco Giros y la victoria en la Vuelta. El de los tres maillots arcoíris y los 19 Monumentos. Sobre todo, el de las pupilas encendidas cuando se acercaba la meta y olisqueaba el triunfo. El hambre, la sed, la ansiedad: todo siempre insaciable, irracional, animal. Decía que sus sueños eran más fuertes que él. Que él era esclavo de sus ilusiones. De su pasión. Algo mucho más profundo que querer ser el mejor.

