El Tour entró en los Pirineos y Pogacar decidió que ya había esperado bastante. Aspin, Tourmalet y la inédita Gavarnie-Gèdre componían el decorado, postal y suplicio a partes iguales, y el esloveno se encargó de convertir todo eso en una demostración de poder sin necesidad de artificios. No hubo ataque anunciado ni gesto de cara a la galería. Bastó con el ritmo que impuso su equipo, un latigazo de Isaac del Toro y esa superioridad que ya empieza a resultar incómoda para el resto del pelotón.

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