No hay día menor en el Tour de Francia. Ni siquiera cuando el perfil invita al bostezo, cuando los favoritos miran de reojo al día siguiente y cuando el pelotón parece haber firmado una tregua antes de salir. La quinta etapa, entre Lannemezan y Pau, nació con pinta de transición, pero acabó recordando una de las leyes más antiguas de la Grande Boucle: aquí nadie gana sin sufrir y nadie llega tranquilo hasta que cruza la línea.

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