Entre el murmullo incesante de las maletas sobre las baldosas de Las Ramblas y el ir y venir de millones de turistas que caen rendidos a sus pies, la Ciudad Condal asistió a un comienzo fulgurante del Tour de Francia. Una ciudad que volvió a brillar con la histórica visita del Papa y ahora se reinventa para abrazar la mística amarilla de la mejor y más bella carrera ciclista del mundo.

