Lo tenía en los pies, en el minuto 9, en la frontera misma de la historia. Un solo gol separaba a Lionel Messi de dejar atrás a Miroslav Klose y reinar en solitario como máximo artillero en la historia de los Mundiales, y el destino se lo ofreció en bandeja desde el lugar más propicio: los once metros. Pero el balón se marchó fuera, mordiendo el aire a la izquierda de Alexander Schlager, que había adivinado el palo.

