Hay futbolistas que necesitan la comodidad de la rutina diaria para brillar y otros que solo entienden la existencia a través del misticismo de las grandes citas. Xherdan Shaqiri pertenece, sin duda, a esta última estirpe de elegidos. Su carrera encierra una de las paradojas más fascinantes del fútbol moderno: un viaje de contrastes donde los focos de los mejores clubes del continente terminaron empequeñeciendo a un jugador que, sin embargo, se agigantaba de forma sobrenatural cada vez que se enfundaba la camiseta de su país.

