En el Centro Deportivo Municipal Triangulo de Oro, en el madrileño barrio de Bravo Murillo, el silencio se rompe con un ritmo frenético: click, clack; click, clack. A primera vista, parece el entrenamiento de un club de tenis de mesa convencional. Jugadores concentrados, piernas activas, reflejos felinos y remates cruzados. Sin embargo, detrás de cada golpe hay una batalla mucho más grande. En estas mesas no solo se compite por los puntos; se lucha por recuperar el control del propio cuerpo.

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