Hoy, tenemos el Alemania-Curazao, un país enorme y poderoso en todo y en fútbol también, contra una pequeña isla del Caribe que habitan 155.000 personas, 10.000 menos que la provincia de Zamora, arquetipo de la España vaciada. La desproporción parece monstruosa, pero no lo es tanto, porque el equipo de Curazao no estará formado por jugadores de aquella pequeña isla, sino descendientes de emigrantes a la metrópoli, Holanda. Algunos de ellos ni han pisado allí, o si lo han hecho ha sido en vacaciones para visitar a sus parientes. Sólo uno de los 26, Taith Chong, nació en Curazao, pero salió de niño y a los diez años entró en la academia del Feyenoord, de la que saltó a Inglaterra. El resto nació fuera de su isla de origen, en su mayoría se hicieron futbolistas en Holanda y frecuentaron sus selecciones menores hasta que, atascados en el embudo para acceder en la definitiva, se enrolaron en la de sus abuelos.

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