Ni entrar en la fuga, ni la victoria de etapa ni el ansiado masaje de piernas de cada tarde sobre la camilla. Nada seduce más a un corredor en una gran vuelta que la posibilidad de ahorrarse un desplazamiento. Menos aún en el ciclismo actual, que, moderno y globalizado, decidido a alejar cada vez más a los protagonistas de sus raíces, se topa de vez en cuando con agradables excepciones, pequeños oasis en los que el pelotón se permite el lujo de relajarse, tomar aire y descansar. Eso mismo sucede este jueves, cuando la caravana del Giro de Italia amanece en Fai della Paganella, a apenas siete kilómetros de la última meta, solo unas horas antes en las calles de Andalo.

