Sumergido en una profunda crisis de fútbol, el Atlético sobrevivió al Girona con la calle de Correa y dos vuelos imperiales de Oblak. Una aparición traicionera y madrugadora por el segundo palo del argentino y su intuición para interceptar un pase del meta rival Juan Carlos en el arranque del segundo tiempo le valieron para imponerse, aunque apurado por el gol de Riquelme. Y no se llevó el disgusto del empate porque el guardameta esloveno protagonizó dos de los vuelos de la temporada. Primero para desviar al palo un zurriagazo de Aleix García y después para meterle otro manotazo a otro misilazo del buen centrocampista del Girona. Ganó el Atlético, pero no vibró. Sin duda, este es el peor síntoma para un equipo que solía encenderse en su estadio con la energía de su entrenador y el acompañamiento de la hinchada. Nada de eso emergió. Este Atlético está apagado, insulso. Ni juega, ni transmite. La imagen de Simeone reclamando el apoyo de la hinchada en los minutos finales sin más respuesta que la del fondo sur fue sintomática. También su eufórica celebración del resultado, quizá porque era lo único que podía festejar.

