En el vuelo de vuelta de París, con la decimocuarta Copa de Europa del Real Madrid a bordo, Hazard agarró el telefonillo de las azafatas y se largó un breve discurso de agradecimiento en el que nombró a dos jugadores. Señaló a Courtois, que había realizado una exhibición portentosa en la final. Y también a Rodrygo, competencia arriba, e interruptor con sus goles de las insólitas remontadas en el Bernabéu contra el Chelsea y el City. El brasileño terminó el curso con el raro estatus de milagrero, pero sin terminar de instalarse en el once. En la final de París, cerca ya del minuto 90, tuvo que acercarse a Ancelotti a recordarle que le había prometido que jugaría: entró por Vinicius en el 93, y el árbitro pitó enseguida. Esta temporada eso ha cambiado. Y mucho.

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