<strong>El Real Madrid jugó bien contra el Shakhtar. Incluso demasiado bien. Tanto que, por momentos, sus habilidosos delanteros se gustaron demasiado</strong>, recreándose en una sucesión de paredes, regates, taconazos y florituras que acababan casi siempre en un disparo fuera o una parada de Trubin. Pero después del 2-0 de Rodrygo en una gran jugada coral que redondeaba la mejor media hora de juego blanco de toda la temporada, con Benzema dando un recital de asociación mientras Vinícius, Rodrygo y Valverde orbitaban a su alrededor, el Madrid se dejó ir. Y encajó otro gol en un descuido de todos, empezando por sus cuatro delanteros, que con tanta fiesta y tanta burbuja se olvidaron de correr hacia atrás, y terminando por Alaba, que un día más quedó señalado. <strong>Fue una lástima, porque el Madrid divirtió a su gente y aseguró la primera plaza del grupo, pero perdonó una goleada</strong>. Cuesta creer que después de disparar a puerta hasta en 35 ocasiones, algunas de ellas clarísimas, <strong>Ancelotti acabara el partido con la mosca detrás de la oreja mirando el reloj durante los cinco últimos minutos con ese 2-1 amenazador.</strong> A falta de pegada, el campeón exhibió juego ante un rival demasiado contemplativo.

