Un barril con combustible ardiendo. Es lo que descubrieron los jugadores del Arsenal el día que salieron al campo de entrenamiento a preparar el partido de vuelta de cuartos de final de la Champions contra el Sporting de Lisboa. Junto al fuego purificador los esperó Mikel Arteta. Cual sacerdote del neolítico, el entrenador vasco los invitó a escribir en un papel aquello que no les gustaba que dijeran del equipo, las cosas que leían o escuchaban en los medios de comunicación, las voces que les aturdían en las redes, las invectivas que alguien les dedicó desde una tribuna, señales de un mundo exterior cada vez más grande e inhóspito. Uno a uno, desde Raya a Madueke, los jugadores arrojaron los papelitos a las llamas del ritual sanatorio.

