El partido de Anoeta comenzó como una celebración, casi como una extensión natural de la noche gloriosa vivida días atrás en La Cartuja. La Real Sociedad, aún envuelta en el eco reciente de su Copa del Rey, ofrecía el trofeo a su gente mientras el Getafe, disciplinado, cumplía con el pasillo de honor. Hubo aplausos, sonrisas y una sensación compartida de reconocimiento. Durante unos minutos, el fútbol fue lo de menos. Anoeta latía al ritmo de una felicidad reciente, todavía sin digerir. Pero el fútbol no entiende de homenajes prolongados. En cuanto el balón echó a rodar, la ceremonia quedó atrás y emergió el partido real. Y ahí, el Getafe dejó claro que no había viajado para ser figurante. Nunca lo hace. Menos aún ahora, cuando pelea por un objetivo que hace unos meses parecía inalcanzable.

