Rostros felices en el Godó, envuelto con gusto por la primavera y donde los tenistas pasean de un lado a otro entre familiaridad y espacios que sienten propios, suyos, reconocibles. Tenis de club. Frente a las estructuras estandarizadas y a veces impersonales de otros torneos pertenecientes a grandes multinacionales que siguen imponiéndose en el engranaje, Barcelona ofrece una singularidad y un espíritu genuino ya excepcional en el circuito que el número dos del mundo, Carlos Alcaraz, califica de “especial”. Es decir, un islote con encanto que comparte guiños estilísticos y conceptuales —entre las citas de relevancia— con Montecarlo y Queen’s, pero poco más. El resto, moles más o menos parecidas que responden al sistema monocolor actual.

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