
“Tal vez haya que mover estas sillas, ¿no?”. A primera hora, el rocío mañanero ha empapado el mimbre y Tommy Robredo (Hostalric, Girona; 43 años) emplea más de cinco minutos en dar con un soporte seco y charlar con generosidad. El catalán se retiró hace cuatro años sobre la arena del centenario Reial Club de Tennis Barcelona y hoy día dirige un torneo convertido en un oasis de felicidad. Distinto. “Boutique”, describía su predecesor en el cargo, David Ferrer. “Queremos que el jugador se sienta como en casa”, prolonga ahora él, un competidor cerebral que llegó a ser el quinto del mundo y en perspectiva testigo directo de la evolución: juego y modelo cambian. Las figuras, también.



