Cuando pensamos en la vida de los futbolistas, nuestra mente suele asociarla de forma directa e inmediata al talento, la fama, el dinero, el lujo, los placeres varios y la felicidad. Es uno de los muchos estereotipos que hemos creado como sociedad. Poco, o nada, se vincula, en cambio, al sacrificio, la soledad, la envidia, la superación o la tristeza que acompañan a muchos jugadores y que inundan o salpican sus trayectorias. Pero los profesionales del balompié, como el resto de los mortales, también conviven con la cara más amarga de la existencia y la mayoría de ellos deben renunciar a muchas personas, vivencias y experiencias por cumplir sus sueños. De hecho, muchos de ellos se quedan en el camino porque no saben lidiar con las renuncias que, sobre todo en los inicios, implica el recorrido.

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