Nos pongamos como nos pongamos, en el fútbol, como en la vida, hay racismo. Y nos pongamos como nos pongamos, el racismo no va por gradas, sino por estadística. A mayor número de personas, mayores probabilidades de que la xenofobia haga acto de presencia. Hace tiempo ya que los estadios se convirtieron en uno de los espacios favoritos para gritar contra nuestras frustraciones y miedos. Porque los insultos, en realidad, hablan de nosotros mismos y son una radiografía de un alma que se aferra a los temores más atávicos. Hay personas que tienen pavor a lo diferente, a los cambios —porque entienden que serán para peor, quizás para situarse en el lugar de lo que odian— y su manera de demostrarlo es atacando a otras personas. Seguramente muchas de ellas no se comportarían igual en otro escenario, pero en un estadio, acompañadas por una masa, con la adrenalina por las nubes, afloran muchos sentimientos primarios. Y el principal es el miedo. Pero entenderlo y aceptarlo es mucho más difícil que ponerse a gritar insultos, claro.

