El pavé no entiende de justicia. Ni de favoritos, ni de ángeles del infierno, ni de campeones, ni de rachas que parecen eternas. En el norte de Francia todo se reduce a una ecuación primitiva: piernas, cabeza… y suerte. Mucha suerte acompañada de talento. Y este año, cuando la carrera se rompió de verdad, casi desde el desayuno, la suerte decidió mirar hacia otro lado a la gran mayoría de los favoritos.

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