Hay una imagen que explica bien lo que es la París-Roubaix. No es de una victoria ni de una caída. Es del velódromo vacío este sábado por la noche, tras la marabunta de la previa, cuando los operarios acaban de rematar el trazado de la línea de meta -sin adoquín desigual que se tercie- y la tribuna huele todavía a madera vieja y a aceite de motor.

