Las colas, ya sean de gasolinera o de supermercado, se han convertido en el mejor instrumento demoscópico con el que nos haya dotado la democracia desde que los locutores de radio dejaron de preguntar aquello de “¿estudias o trabajas?”. Cualquier polémica se puede trasladar al tedio de una larga fila, donde abundan el tiempo y las ganas de charlar por razones obvias. A fin de cuentas, no hay nada mejor para amenizar la espera pues uno se aburre pronto de mirar al suelo o contar mentalmente los millones de euros que no tiene.

