El 0-0 ante Egipto es sólo una pequeña avería, pero desluce la marcha triunfal de la Selección. Y, lo peor, vino acompañado de una desagradable conducta de buena parte del público, y no me refiero a la reprobación a Joan García, hasta cierto punto comprensible aunque no justificable, sino a los pitos al himno de Egipto y al miserable corear de “¡Musulmán el que no bote!”, que afortunadamente el árbitro búlgaro no entendió, porque en caso contrario lo hubiera debido tomar por la tremenda. Una ofensa gratuita a buena parte de los habitantes de la tierra, entre los que se cuenta nuestro mejor jugador, Lamine Yamal.

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