A falta de arbitraje, de cronómetro, de reglas escritas, la escalada de élite se autorregula como puede. Y así crece imparable desde hace décadas, atenta a sus imperfecciones, a la subjetividad de sus propias normas, consciente de que el equilibrio de su credibilidad pende siempre de la honestidad de sus grandes actores y actrices. En 2017, el mutante checo Adam Ondra anunció que había logrado escalar una vía que bautizó Silence (en Flatanger, Noruega) de una dificultad jamás alcanzada con anterioridad por el ser humano: 9c. Casi diez años después nadie ha logrado repetir su gesta. Sin embargo, existen ya cuatro propuestas más de 9c, la última anunciada hace escasos días por un escalador español, Jorge Díaz-Rullo, el último en pisar el olimpo de las divinidades de la disciplina.

