Igor Tudor hizo historia cuando sustituyó a Antonin Kinsky en el minuto 17. El entrenador interino del Tottenham se acababa de presentar a disputar la ida de los octavos de final de la Champions en el Metropolitano con el portero suplente: un joven checo de 22 años que este curso no había jugado más que dos partidos de Carabao Cup y jamás había disputado un encuentro de la máxima competición continental. Fue una apuesta extraña. A los 17 minutos, el Tottenham caía por 3-0 después de que su meta reserva entregara dos balones en su área a Lookman y Griezmann. Un caso de autodestrucción a máxima velocidad que el entrenador solo procesó por la vía de la extirpación. Ante la evidencia de lo que parecía un caso de incompetencia flagrante, Tudor optó por meter en el partido a su guardameta titular, Guglielmo Vicario.

