Acabamos de llegar al vestuario y el entrenador me ha dicho que voy a jugar este definitivo partido, una final de esas en la que todos quieren estar y en las que solo unos elegidos tienen el honor de saltar al campo en el once inicial. Me giro en mi banco y empiezo a revolver entre la ropa de calentamiento, la de juego, las botas y no encuentro mi bolsa de los guantes. Esa bolsa en la que además de dos pares de mis guantes habituales llevo un par para días de mucha agua y, al fondo, un par de esos amuletos de los cuales te olvidas hasta que un día, angustiado, descubres que se cayeron en el último lavado. Mi primer pensamiento es rebuscar entre el desorden que me rodea porque la bolsa es grande, blanca, evidente, de esas que es imposible perder.

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